viernes, 26 de diciembre de 2014

patria...

Y es que no han sido pocas las veces en que viviendo fuera de mi ciudad he rumiado sobre qué era eso de la patria, por aquello de sentir de pronto añoranza de cosas concretas o encontrarme vulnerable. La patria es el sitio al que quieres volver si estás débil. Lo sé porque así lo he vivido. A la patria quieres regresar si estás enfermo; la patria es donde te atienden sin tener que entrar en el hospital con la tarjeta de crédito en la boca (eso se entiende si pasas un tiempo en Estados Unidos); la patria es donde tienes más amigos a los que recurrir; la patria es el lugar que contiene recuerdos de tu infancia; la patria es donde estudiaste el bachillerato. Mi padre solía decir que el patriotismo se demuestra en la declaración de Hacienda. La patria es, pues, el sitio donde además de recibir, das.




Elvira Lindo

lunes, 15 de diciembre de 2014

el silencio

Existen siete mil idiomas distintos. La población mundial tiene infinitas formas de confundirse, y no entender una llamada, un cartel informativo o un aviso. De hecho, nuestro idioma nos acerca, a la vez que nos aleja. No así, el ser humano conoce otro modo de comunicarse. El silencio, en casi todas sus modulaciones: como caricia, como asombro o enfado; el silencio que enmudece el grito en situaciones de pánico, el silencio que apaga el habla delante del paisaje, el silencio de la lágrima cayendo. El silencio es siempre lenguaje. Un silencio que no es silencio: una palabra callada, que sigue siendo palabra.  

lunes, 1 de diciembre de 2014

hombre sin ciudades

El París de Baudelaire, la Alejandría de Cavafis, la Lisboa de los cuatro Pessoa, se nos tornan inseparables de sus logros artísticos en una medida tal que el destierro hubiese necesariamente supuesto su silencio definitivo. No hablo, por cierto, del destierro físico, siempre posible de sobrellevarse, pese a la crueldad que reviste, sin que se mutile el diálogo con ese espacio que, al fin y al cabo se sabe existente, aunque prohibido, en alguna parte. El verdadero destierro, el desarraigo absoluto comienza con la certeza de que ese lugar ya ha sido abolido para siempre, de que hoy somos, en una desproporción desconocida para otras épocas, y solo ahora comprobable, hombres sin ciudades. En las urbes de nuestro tiempo, rectas y grises, ya no es posible la contemplación, como se lamenta Ungaretti. Y no basta el deseo de alejarnos en busca de otra más en armonía con los requerimientos humanos, porque, aeropuerto tras aeropuerto, sus líneas se nos repiten idénticas dondequiera que lleguemos, con su prisa feroz y sus ruidos mecánicos.



Eugenio Montejo