viernes, 14 de febrero de 2014

virajes del faro

A simple vista, puede parecer que un faro sufre de añoranza o de tristeza por los viajes que nunca realizó, las islas que no logró visitar, los idiomas que jamás pronunció... Su mirada circular, propia de quien observa de soslayo, a regañadientes, de quien no anhela moverse más allá de su cimiento, puede aparentar nostalgia o melancolía... Pero no es así. 
En realidad el faro tiene forma taciturna no porque elige el momento de la inconsciencia para mostrarse, sino porque implica a su espíritu romántico con la quietud. Le da forma a lo nocturno. Su mirada desatenta, incapaz de concentrarse, por su espíritu de transición y rotación, se vuelve parte de los viajes convirtiéndose en baliza, como una estación en el camino, un tentempié, una alusión a lo cercano y a lo lejano, que a veces es hallazgo o pérdida, arraigo o expansión. Supone ser una parte de todos los trayectos, de cualquier movimiento que exista, por cuanto simboliza la lucha de contrarios y la tensión de estar siempre en una eterna conmoción, mareo de alrededores y de siempres... 
El faro se convierte así en un giro de doble viraje, viaje a oscuras por dentro de la noche y viaje en la luz por fuera de sí mismo... 

miércoles, 12 de febrero de 2014

Voces

El viaje: un partir de mí, un infinito de distancias infinitas, y un arribar a mí.




Antonio Porchia

viernes, 7 de febrero de 2014

dos islas

La isla sitúa la existencia ante una pregunta anímica. Nos enfrenta a una elección fundamental, como decía Elisabeth Frenzel. La de posibilidad de elegir el sentimiento de la liberación, el deseo de la amplitud, de hacernos partícipes de un horizonte en expansión; o, al contrario,la de someterse a la reclusión y el aislamiento -que no el asilo-, a la metáfora del encierro y el abandono. 
Mirándolo bien, pocas geografías han sido tan utilizadas por la literatura, pocas han obsesionado por igual a poetas y a narradores. Entre la reclusión y la liberación se balancean versos, cuentos y leyendas. Los héroes y los perseguidos toman partido en su reinterpretación del mito de Ulises y su identificación con Nadie ante el desorientado Polifemo, o la huida y el desconcierto de La invención de Morel, de Bioy Casares. Pero son muchos también los que esgrimen el apartamiento y el descanso que dibujaba Cortázar en La isla a mediodía, interpretado por aquel viajero que anhelaba convertirse en una de ellas. Sin lugar a dudas, y siguiendo el interés de Frenzel por este motivo literario, la cuestión anímica de los escritores y de sus personajes, define mejor que nadie esa dialéctica. No se me ocurre un ejemplo de ánimo y de escritura mejor que el de las dos figuras poéticas del modernismo grancanario. Dos poetas que albergaron miradas opuestas y complementarias. Los versos de Tomás Morales, de universo y de diálogo con el océano, de idilio y expansión en el oleaje; y en su otra dimensión, la fijación existencial de Alonso Quesada, su mirada de melancolía irreversible, de enjaulamiento, de rechazo al horizonte hecho pared. La isla es siempre, en su contradicción, una duplicidad interna y externa, una poética del ánimo. Un espejo. Allí donde el horizonte baila con el agua, donde la tierra resulta ser otro poema rodeado por nadie, se escribe su literatura

jueves, 6 de febrero de 2014

lo menos tierra de la tierra

Tierra firme llamaban los antiguos a todo lo que no fuera isla. 
La isla es, pues, lo menos firme, lo menos tierra de la tierra.



Dulce María Loynaz