domingo, 8 de septiembre de 2013

la verdadera distancia

Me he preguntado más de una vez por qué el español que, forzado a salir de su país, pasa a vivir en Uruguay, Perú o México, ha de sentirse como desterrado en su nuevo lugar de residencia más que, digamos, el señorito madrileño que habiendo ganado hacia 1930 unas oposiciones de juez o de profesor de instituto, pasa a vivir en un pueblo vasco o manchego, el catalán que por razones de empleo debe instalarse en La Coruña o Badajoz, o el bracero andaluz que, empujado por el hambre, se resigna a ser un charnego en Barcelona. Se me ocurre, en cambio, que un español que hubiese esperado en la frontera a que terminara la guerra civil para reintegrarse a la patria tendría más motivo de sentirse extraño respirando la atmósfera de terror y miseria económica y moral de aquella España que si en tales fechas se hubiese trasladado a Argentina o Costa Rica, pues la España del primer franquismo era mucho más diferente de la España de preguerra que ésta de los países a donde fue a parar la emigración.


Francisco Ayala