sábado, 7 de agosto de 2010

postales mexicanas

La ciudad de México se va hundiendo desde hace años, desde que fue fundada la mítica tenochtitlan sobre el lago de texcoco, en el centro del país. Y los geólogos comprueban su ritmo de enterramiento anual calculándolo en un metro por década. O sea, que el chilango y el extranjero pisan una ciudad que se los va tragando y que, para sostenerse, debe recolocarse justo encima de otros espacios ocupados hasta ese momento. Así la idiosincracia del mexicano de la capital más grande de América se forja en un territorio inestable que ve cómo se le van cayendo sus palacios, se le tuercen las iglesias o sus casas coloniales, y que por pura supervivencia trata de rellenarlas inyectándoles cemento. Ante todo ello lucha el chilango, contra una ciudad que desaparece y se sobrepone verticalmente y contra una distancia horizontal inabarcable; sus horas de camino o en el metro y su lucha cuerpo a cuerpo para que los demás no le ahoguen en esas lagunas que ya no existen porque se han transformado en kilómetros y kilómetros de gente paseando de un lado a otro de su horizonte.