domingo, 24 de mayo de 2009

otros caminos posibles

al día siguiente despertó con la más que asumida resaca, algo que normalmente le ocurría poco, pero cuando le agarraba solo quedaba resignarse y esperar unas cuantas horas hasta que el trayecto al baño fuera lo sucificientemente corto para sentirse mejor. todo ello permitió que pasara horas y horas en la cama recordando los hechos de la noche anterior: por qué aquellas caras, por qué en el momento de mayor descontrol, por qué únicamente en ese trayecto...
entre Rue de Taur y el Capitol, de camino a su casa, recordó a un hombre barbudo y calvo que le habló unos metros junto al oído con la voz ronca y estropeada, pero en un español cálido de acento canario, aunque no le era fácil acordarse de lo que le decía... tenía todo muy desenfocado y sentía que había ido atravesando la ciudad en una nube.
al otro lado de la place du Capitol, un par de tipos impactados por su estado seminconsciente y su falta de tino se le acercaron a palabrear unas pocas cosas en el español que habían aprendido en el liceo (imaginaba que por su cara y su forma de vestir era fácil reconocer su procedencia)..., recordaba haberse sobresaltado por la voz castellana y rotunda en la entonación de algunas zetas de uno de ellos, y aún más haber retenido sus caras definidas por las orejas deformadas de los jugadores de rugby... tardó unos segundos en zafarse de aquel guineo y ya de lleno en la Rue Gambetta (no podía recordar por cuál de las aceras), en un territorio más estrecho y cercano a su casa, se le acercaron unos franceses de la reunión (eso se le había quedado grabado sin ningún motivo) para preguntarle por la dirección de un bar..., les indicó como pudo, y recordó entonces la poca ayuda que pudo darles; el francés, ese idioma melódico y constreñido le retumbaba en la cabeza haciendo que construyera frases absurdas sin nigún sentido, una tras otra. lo de hablar cuando uno está borracho es un ejercicio delicado, pero hacerlo con uno mismo de camino a casa se convierte en una canción arritmica que va recortando el trayecto .
cerca del pont neuf y ya junto al garona unos cuantos rastafaris se disponían a recoger los bártulos para acampar en alguna parte, cuando uno de ellos le pidió fuego en inglés, sabía que a partir de ahí comenzó una larga conversación con aquellos personajes estrambóticos, de la que retuvo sus orígenes colombiano y argentino, informándose además de que la mejor manera de dormir en toulouse sin que te molesten los CRS es ir a la isla de Ramier y acampar junto a la chabola de Jammel...
todavía una persona más se le cruzó en el camino, de eso no estaba prácticamente seguro pero creía haberlo vivido. tenía la cara pálida y los cachetes anchos, era un tipo alto y estaba poco abrigado, él, con el ritmo del borracho y las manos que no repetían ningún movimiento del cuerpo y casi balanceándose, justo en la rue Viguerie chocó contra el desconocido y se cayó hacia atrás; aquel personaje se mantuvo inmóvil y acto seguido le ayudó a levantarse; se lo agradeció en francés (eso creía) y le contestó en un acento extraño parecido a los de la gente del este, que no había pasado nada. con curiosidad le preguntó de dónde venía y éste le dijo que era rumano, de Timisoara. tiene una ligera idea de aquella supuesta conversación, le dijo que concía su lengua porque había estado varias veces en su país. le resultó curioso haber memorizado su cara de sorpresa ante ese hecho, y que no debía ser muy común para aquel hombre encontrarse a alguien de madrugada que le dijera que podía hablar un poco su lengua y que conocía su país; hablaron unos minutos de los que ya no se acuerda de nada y luego siguió su camino lo mejor que pudo.
no recuerda cuando llegó a su casa, ni sabe por qué no bebió agua antes de acostarte para eliminar la resaca, como dice uno de sus amigos mejor acostumbrado al alcóhol. lo único que conserva son aquellos encuentros y aquellas caras del camino, ni con quién salió, ni dónde estuvo, ni qué bebió. aquella gente extraña la tiene memorizada con total claridad, salvo el último personaje, que por alguna causa se le difumina y no sabe si realmente le sucedió o fue todo inventado. le cuesta entenderlo. le cuesta entenderlo

viernes, 15 de mayo de 2009

mi camino

antes de recorrer mi camino yo era mi camino




Antonio Porchia

martes, 5 de mayo de 2009

escuchando a lo lejos

La televisión francesa es la televisión de lo real, dice un amigo. Te sientas delante del televisor a cualquier hora del día y emiten un reportaje sobre los primeros pobladores del este de Turquía; luego pasas toda la tarde debatiendo sobre el éxodo armenio. Dice que los canales franceses dialogan contigo mientras desayunas, mientras almuerzas, mientras meriendas y mientras cenas. El motivo es reurrente, te arrastran de un tedio diario a un tedio en la pantalla, y contados son los programas que salen de esa verborrea real, política y a veces profunda, hasta llevarte a algún lugar distinto
En la misma conversación, otro amigo me cuenta que para él, curiosamente, la televisión española le parece sacada de un espacio irreal. Está situada más allá de todo lo reconocible; verla le produce una especie de catarsis, le hace olvidarse de todo. -Es tan absurda que te saca de cualquiera de los días de tu vida. Desde que la miras, ya no eres tú.
Por mi parte no sé qué opinar, me he colgado del informativo de tve internacional y veo puntualmente la televisión de aquí. Si tengo tiempo enciendo el aparato: a veces aprendo y a veces me indigno, en francia solo veo mesas, y alrededor de ellas humoristas, filósofos, cantantes, escritores, políticos..., conversan y conversan y conversan sobre cualquier hecho corriente. Incluso parece que me piden una opinión... Por el contrario, cuando paso por españa y enciendo el televisor, no entiendo nada. Pero me encanta no entender nada. No imaginaba echar de menos las entrevistas absurdas y la idiotez extrema a la que someten a los invitados en cualquier programa de variedades, muy distinto del interés cultural de la entrevista elitista francesa.
Antes no sabía cuál de las dos elegir, pero entre una y otra he encontrado la decisión más salomónica posible. Entre la lejanía alienante y la cercanía cansina: la radio, bendito invento. Y agradezco la posibilidad que da el internet, un mundo en las ondas. Carajo, conversar y a escuchar a quien me apetezca oír y hablar. Si hasta un partido de fútbol tiene más interés cuando lo radia Manolo Lama.