martes, 19 de agosto de 2008

máscaras mexicanas

El acceso al CMLL (Consejo Mundial de Lucha Libre) se hace semanalmente los viernes a las 20:00 en el Arena de México, desde 1933. La entrada tiene varios precios dependiendo de la vista del cuadrilátero y las mejores están reservadas durante todo el año; pero otras como la nuestra cuesta unos 90 pesos mexicanos (6 euros) y deja distinguir el color de las máscaras y los brincos que dan los luchadores por fuera del terreno. Venir aquí -dice un amigo- es visitar todo el país, como si México pudiera meterse en este pabellón. Y es que el DF al completo con sus barrios alargados e infinitos se ve representado en los distintos luchadores-gimnastas o acróbatas circenses que durante tres horas se saltarán, morderán, dolerán y quién sabe si se pegarán para el deleite del público. México es un país gigante donde la mezcla de paisajes, colores y sabores sugestiona el apetito del viajero, pero para una visita corta la recomendación de un méxicano (normalmente un chilango) es vivir la lucha libre, así al menos volveremos a nuestro país con el estupor y también el sosiego de lo absurdo metido en el cuerpo.
Para quién no lo sabe en este tipo de batalla hay dos contrincantes que pertenecen a bandos opuestos, tan opuestos que lo corriente es que los luchadores se pasen de uno a otro equipo a lo largo de los años. Los "técnicos": los sociables, generosos e ingenuos luchadores del lado más apacible del ser mexicano; y los "rudos" : un revoltijo de luchadores por el contrario marrulleros, ególatras, tramposos y mafiosos que representan la violencia natural del chilango . Verlos entrar en escena es apasionante, un griterio se mezcla con aplausos y estalla desde cualquier esquina del ring. El pique que todo mexicano lleva desdoblado dentro se naturaliza ("puto", "chinga tu madre", "pinche cabrón", "te vale verga" es lo más común entre los padres que ven la batalla). Y el público con las máscaras de sus luchadores favoritos (a veces una familia al completo), tal vez con la sabrosa sensación que da sentirse de incógnito, continuará vociferando hasta el final.
El teatro de la lucha está lleno de sensaciones extrañas que a veces son evidentes y otras parecen pura invención. Tras la presentación de un speaker partidista que aclama a los rudos como sus ahijados, encendiendo aún más si cabe la rabia de los técnicos, pelea tras pelea los primeros luchadores (novatos o aprendices, normalmente) luego los enanos saltimbanquis y las mujeres irán acalorando el pabellón hasta la gran lucha del día. El ambiente llegará al clímax de la velada con los seguidores ya desposeídos de razón, inteligencia o pulso. La lucha caerá de un lado a otro del público y el estallido de cervezas, vasos y botellas (de plástico) que lanzará incluso el crío de 6 años, alcanzará el cuadrilátero para despedir a los ganadores.
El espectáculo ha terminado. Todo vuelve a iluminarse. Tras esta descarga emocional la gente sale a la calle aliviada y sudorosa con los ojos llorosos pero tranquilos. Todo se normaliza. Los dos bandos regresan a sus barrios con las máscaras en la mano y el gesto del combate apagado.
No sé si lo que he visto es realidad, poco me importa. Sólo puedo confesar una cosa: yo prefiero a los rudos.